Iba dando un tranquilo paseo cuando, de repente, me encontré contigo, mi querido amigo. Me alegré de verte, de verdad, me alegré mucho de verte porque hacía demasiado tiempo, demasiado, que no te veía. Tu aspecto era el que toca a nuestra edad, ni mejor ni peor: calvo, como yo, con prótesis de cadera, como yo, con problemas de artrosis, como yo, con el colesterol alto, como yo y con estenósis lumbar, como yo. Coincidimos en muchas cosas, sí, realmente siempre coincidíamos él y yo en muchas cosas, sí, sí, en muchas cosas, aunque a fuer de ser sincero hablábamos poco, muy poco, y teníamos que haber hablado más.
¿Qué fue de tu vida?, pregunté yo a mi querido amigo. Él, mirándome a los ojos, con esos ojos tan verdes como los míos, esbozó una leve sonrisa y contestó: ¿qué fué de mi vida? si te soy sincero no estoy muy seguro qué fué de mi vida.
Mira, me dijo señalando un banco que había libre con una estupenda vista sobre el rio; en ese banco estaremos bien ¿te parece que nos sentemos? A mi me pareció una buena idea ya que ni mi cadera ni mis lumbares me permitían estar mucho mas rato ahí parado.
Nos sentamos y mi amigo empezó a hablar pausadamente, sin prisas, como pensando a fondo cada una de las palabras que decía.
Mi vida, me dijo, seguramente como la tuya, está llena de de historias que no escribí y de momentos que no busqué, está llena de gente que nunca llegué a conocer, ni me conoció y de proyectos ajenos que, en realidad, nunca me interesaron de verdad. Mi vida, me dijo, seguramente como la tuya y como la de ese señor que pasa por delante paseando a su perro, o la de aquél que pasó hace unos segundos apoyado en su andador, tiene, ha tenido, su parte de drama y su parte tragicómica, mi vida, como la tuya, seguramente, es, ha sido, una farsa en la que la apariencia y el engaño forman, ha formado, el núcleo principal de la trama.
Me quedé pensativo. No sabía que responder, pero estaba seguro de que por el tono en que me hablaba, la tranquilidad con la que se expresaba y su mirada absolutamente limpia, me estaba diciendo la verdad.
Me tocó el brazo, cruzó las piernas y me dijo: pero no te equivoques, tengo una vida cómoda, un buen patrimonio y una familia casi perfecta, he hecho todo lo que los demàs esperaban que yo hiciera y creo que no lo he hecho mal, nada mal. Podría decir, sin rubor alguno, que, para la mayoría de los que me conocen, mi vida ha sido y es una vida de éxito. No se puede pedir más.
Mi cara mostró sorpresa y no lo oculté: no te entiendo, le dije.
Él, mirándome nuevamente a los ojos me dijo: yo tampoco, amigo mio, yo tampoco.
Aquella conversación inesperada me hizo pensar, reflexionar, valorar lo hecho y pensar en lo que queda por hacer… si queda algo.
Que la vida es un drama ya lo decia mi leído Ortega y lo decía en el sentido de que la vida es un acontecer en el que el individuo está en un permanente decidir con el entorno, con sus circunstancias, y es precisamente en esa lucha necesaria por existir y esa necesidad permanente de elección, la que le da el carácter dramático.
En el fondo podríamos haber tenido otra vida, especialmente los que hemos tenido la suerte de nacer y vivir en la parte rica del mundo, y si no la hemos tenido es porque en nuestra elección decidimos vivir la que hemos vivido, quizá la más fácil, la que creíamos que nos exigía menos esfuerzos, era una vida cómoda o creíamos que lo era… ¿quien lo sabe?
Es verdad que a veces es mejor no pensar. Las cosas que ya no tienen remedio es mejor ni planteártelas, aunque en ocasiones pueda ser absolutamente inevitable.
Si somos lo que somos gracias o debido a lo que hemos sido, se nos hace necesario, de vez en cuando, echar la vista atrás. Es lo que yo hice despues de mantener la conversación inesperada con mi querido amigo y he de decir, claro que sí, que cuanto más pienso en sus palabras mejor las entiendo.
La vida es como un carrusel, dicen algunos autores, un carrusel que bien pudiera ser el carrusel de las oportunidades, un carrusel que nunca para, no es como los de las ferias, no, no lo es, en este carrusel eres tú el que tiene que subir en marcha, un poco a la aventura, y acertar a subirte en la oportunidad adecuada para ti.
¿Cuál es la oportunidad adecuada para tí? ese es el reto, nadie lo sabe, nadie.
Los valientes, yo nunca lo fuí, se arriesgan, suben al carrusel y saben elegir la oportunidad adecuada y si no les gusta la cambian, tienen espíritu aventurero, yo nunca lo tuve, yo siempre me he subido a la oportunidades que me han resultado mas sencillas, me agrarro fuerte y me fundo con ellas.
Por eso entiendo cuando mi querido amigo define su vida como la ha definido. Claro que sí. Él, como yo, nunca arriesgó, se subió a la oportunidad que le resultaba más fácil en aquél momento aunque luego descubriera, como yo, que la facilidad de acceso no implica ni garantiza nada más que eso; te agarras a lo fácil, a lo que te da más seguridad, lo que te implica menos esfuerzo de inicio, pero, con el tiempo, vas descubriendo que esas decisiones también, también, tienen su lado oscuro.
Lo cómodo es aceptar las cosas como vienen, ver o intentar ver el lado positivo de las cosas, ser responsable y consecuente con la decisión que has tomado y continuar tu viaje bien asentado en ella y con los cinturones de seguridad bien puestos aunque, en no pocas ocasiones, los cinturones no te sirven de nada.
En definitiva que mi querido amigo, como casi todos, ha hecho de su vida una pura representación, ha interpretado su papel , un papel que él, de alguna manera eligió o que el director del supuesto guión de su vida eligió para él diciéndole algo parecido a: «este personaje está escrito para ti y te encaja a la perfección»
Mi querido amigo, como tantos, aceptó el papel con ilusión, desarrolló el personaje y lo vivió intensamente, tan intensamente que lo devoró, sí, devoró a mi querido amigo que ya nunca más supo de sí mismo. El público, su público, lo recuerda con cariño, incluso con admiración, sí, son los que, como él dice, piensan que su vida fue una vida de éxito. Un día, él, mi querido amigo, se bajó del escenario y se encontró con su realidad: un personaje con artrosis, con prótesis de cadera, con mas de setenta años a la espalda y con una vida vivida según un guión que él no escribió y que, ahora, tiene la necesidad de escribir, día a día, el guión de la vida que le queda por vivir, pero con la certidumbre de que se van acabando los capítulos y a él nunca, nunca, se le dió muy bien eso de escribir guiones.
Cuando nos despedimos nos dimos un abrazo y prometimos que no dejaríamos pasar tanto tiempo sin vernos. Lo habitual.
Él marchó caminando despacio y dejando ver una ligera cojera en su pierna izquierda. Es curioso, pensé mirándolo mientras se alejaba, hasta en eso nos parecemos.