MI QUERIDO AMIGO

Iba dando un tranquilo paseo cuando, de repente, me encontré contigo, mi querido amigo. Me alegré de verte, de verdad, me alegré mucho de verte porque hacía demasiado tiempo, demasiado, que no te veía. Tu aspecto era el que toca a nuestra edad, ni mejor ni peor: calvo, como yo, con prótesis de cadera, como yo, con problemas de artrosis, como yo, con el colesterol alto, como yo y con estenósis lumbar, como yo. Coincidimos en muchas cosas, sí, realmente siempre coincidíamos él y yo en muchas cosas, sí, sí, en muchas cosas, aunque a fuer de ser sincero hablábamos poco, muy poco, y teníamos que haber hablado más.

¿Qué fue de tu vida?, pregunté yo a mi querido amigo. Él, mirándome a los ojos, con esos ojos tan verdes como los míos, esbozó una leve sonrisa y contestó: ¿qué fué de mi vida? si te soy sincero no estoy muy seguro qué fué de mi vida.

Mira, me dijo señalando un banco que había libre con una estupenda vista sobre el rio; en ese banco estaremos bien ¿te parece que nos sentemos? A mi me pareció una buena idea ya que ni mi cadera ni mis lumbares me permitían estar mucho mas rato ahí parado.

Nos sentamos y mi amigo empezó a hablar pausadamente, sin prisas, como pensando a fondo cada una de las palabras que decía.

Mi vida, me dijo, seguramente como la tuya, está llena de de historias que no escribí y de momentos que no busqué, está llena de gente que nunca llegué a conocer, ni me conoció y de proyectos ajenos que, en realidad, nunca me interesaron de verdad. Mi vida, me dijo, seguramente como la tuya y como la de ese señor que pasa por delante paseando a su perro, o la de aquél que pasó hace unos segundos apoyado en su andador, tiene, ha tenido, su parte de drama y su parte tragicómica, mi vida, como la tuya, seguramente, es, ha sido, una farsa en la que la apariencia y el engaño forman, ha formado, el núcleo principal de la trama.

Me quedé pensativo. No sabía que responder, pero estaba seguro de que por el tono en que me hablaba, la tranquilidad con la que se expresaba y su mirada absolutamente limpia, me estaba diciendo la verdad.

Me tocó el brazo, cruzó las piernas y me dijo: pero no te equivoques, tengo una vida cómoda, un buen patrimonio y una familia casi perfecta, he hecho todo lo que los demàs esperaban que yo hiciera y creo que no lo he hecho mal, nada mal. Podría decir, sin rubor alguno, que, para la mayoría de los que me conocen, mi vida ha sido y es una vida de éxito. No se puede pedir más.

Mi cara mostró sorpresa y no lo oculté: no te entiendo, le dije.

Él, mirándome nuevamente a los ojos me dijo: yo tampoco, amigo mio, yo tampoco.

Aquella conversación inesperada me hizo pensar, reflexionar, valorar lo hecho y pensar en lo que queda por hacer… si queda algo.

Que la vida es un drama ya lo decia mi leído Ortega y lo decía en el sentido de que la vida es un acontecer en el que el individuo está en un permanente decidir con el entorno, con sus circunstancias, y es precisamente en esa lucha necesaria por existir y esa necesidad permanente de elección, la que le da el carácter dramático.

En el fondo podríamos haber tenido otra vida, especialmente los que hemos tenido la suerte de nacer y vivir en la parte rica del mundo, y si no la hemos tenido es porque en nuestra elección decidimos vivir la que hemos vivido, quizá la más fácil, la que creíamos que nos exigía menos esfuerzos, era una vida cómoda o creíamos que lo era… ¿quien lo sabe?

Es verdad que a veces es mejor no pensar. Las cosas que ya no tienen remedio es mejor ni planteártelas, aunque en ocasiones pueda ser absolutamente inevitable.

Si somos lo que somos gracias o debido a lo que hemos sido, se nos hace necesario, de vez en cuando, echar la vista atrás. Es lo que yo hice despues de mantener la conversación inesperada con mi querido amigo y he de decir, claro que sí, que cuanto más pienso en sus palabras mejor las entiendo.

La vida es como un carrusel, dicen algunos autores, un carrusel que bien pudiera ser el carrusel de las oportunidades, un carrusel que nunca para, no es como los de las ferias, no, no lo es, en este carrusel eres tú el que tiene que subir en marcha, un poco a la aventura, y acertar a subirte en la oportunidad adecuada para ti.

¿Cuál es la oportunidad adecuada para tí? ese es el reto, nadie lo sabe, nadie.

Los valientes, yo nunca lo fuí, se arriesgan, suben al carrusel y saben elegir la oportunidad adecuada y si no les gusta la cambian, tienen espíritu aventurero, yo nunca lo tuve, yo siempre me he subido a la oportunidades que me han resultado mas sencillas, me agrarro fuerte y me fundo con ellas.

Por eso entiendo cuando mi querido amigo define su vida como la ha definido. Claro que sí. Él, como yo, nunca arriesgó, se subió a la oportunidad que le resultaba más fácil en aquél momento aunque luego descubriera, como yo, que la facilidad de acceso no implica ni garantiza nada más que eso; te agarras a lo fácil, a lo que te da más seguridad, lo que te implica menos esfuerzo de inicio, pero, con el tiempo, vas descubriendo que esas decisiones también, también, tienen su lado oscuro.

Lo cómodo es aceptar las cosas como vienen, ver o intentar ver el lado positivo de las cosas, ser responsable y consecuente con la decisión que has tomado y continuar tu viaje bien asentado en ella y con los cinturones de seguridad bien puestos aunque, en no pocas ocasiones, los cinturones no te sirven de nada.

En definitiva que mi querido amigo, como casi todos, ha hecho de su vida una pura representación, ha interpretado su papel , un papel que él, de alguna manera eligió o que el director del supuesto guión de su vida eligió para él diciéndole algo parecido a: «este personaje está escrito para ti y te encaja a la perfección»

Mi querido amigo, como tantos, aceptó el papel con ilusión, desarrolló el personaje y lo vivió intensamente, tan intensamente que lo devoró, sí, devoró a mi querido amigo que ya nunca más supo de sí mismo. El público, su público, lo recuerda con cariño, incluso con admiración, sí, son los que, como él dice, piensan que su vida fue una vida de éxito. Un día, él, mi querido amigo, se bajó del escenario y se encontró con su realidad: un personaje con artrosis, con prótesis de cadera, con mas de setenta años a la espalda y con una vida vivida según un guión que él no escribió y que, ahora, tiene la necesidad de escribir, día a día, el guión de la vida que le queda por vivir, pero con la certidumbre de que se van acabando los capítulos y a él nunca, nunca, se le dió muy bien eso de escribir guiones.

Cuando nos despedimos nos dimos un abrazo y prometimos que no dejaríamos pasar tanto tiempo sin vernos. Lo habitual.

Él marchó caminando despacio y dejando ver una ligera cojera en su pierna izquierda. Es curioso, pensé mirándolo mientras se alejaba, hasta en eso nos parecemos.

BANDERAS AL VIENTO

Hoy quiero escribir de banderas, sí. Yo que no soy en absoluto banderista, quiero escribir de esos trozos de tela con mástil o sin él, que tantas filias y fobias despiertan en la ciudadanía, debido en gran medida al uso partidista, la manipulación mediática, la incultura o los mil usos inadecuados que se hacen de ellas.

La bandera es, simple y llanamente, un símbolo, una seña de identidad de una país, una ciudad, una comunidad o un colectivo determinado. Poco más deberíamos decir de algo tan simple como una bandera.

El ideario colectivo, las ideologías políticas, los manipuladores de la realidad y, por qué no, la propia historia, real o inventada, las idealiza, las sacraliza, las entroniza, y hacen que les juremos fidelidad, prometiendo defenderla hasta derramar la última gota de nuestra sangre.

Así es la grandeza del ser humano, como diría un buen amigo mio.

A todo esto hay que añadir la ignorancia generalizada sobre la historia real de esos trozos de tela de colores, que tantas discusiones y disputas inútiles ocasionan.

Hoy voy a escribir sobre dos banderas que, de una u otra forma, han estado y están presentes en mi vida y en la de la sociedad que vivimos: la bandera bicolor, la constitucional y la tricolor que estuvo vigente durante la Segunda República y que, para mí, es, ideologías aparte, la bandera de mi madre. Ambas, nos guste o no, son causa de no pocos enfrentamientos y discusiones, provocando amores y odios tan absurdos como reales.

Voy a empezar por la bandera de mi madre y voy a empezar, quizá, de una forma provocativa, diciendo que me llama la atención que esta bandera, llamada republicana, sea para mucha gente el símbolo de una etapa de progreso, de libertades, de democracia y no se de cuantas cosas más, y digo que me llama la atención porque personalmente y después de leer mucho sobre una parte de la historia de España que me apasiona, especialmente la segunda mitad del siglo XIX y primera del siglo XX, he llegado a la conclusión de que la etapa de la Segunda República no fue, precisamente, una etapa ejemplar: inestabilidad política, ruidos de sables, huelgas, intentonas golpistas de un lado y de otro, censura, políticos incapaces, desórdenes públicos… una España, en definitiva, que, en mi opinión, fue ejemplo de muy pocas cosas. Algunos me dirán que no sea tan negativo porque se hicieron cosas muy buenas, y tienen razón; estadísticamente es prácticamente imposible hacerlo todo bien o todo mal. Es verdad, pero a pesar de todo creo que sus políticos, como casi siempre, no estuvieron a la altura de lo que de ellos podía y debía esperarse, y se esperaba, cuando aquél histórico 14 de abril de 1931 se proclamaba la Segunda República.

Yo diría que la Segunda República, sus símbolos y aún sus políticos o buena parte de ellos, han sido entronizados gracias, en buena medida, al injustificable final que tuvieron: una guerra civil. Una guerra civil que nunca, nunca, debió producirse, que nadie, nadie, puede ni debe justificar, pero que pudo y debió ser evitada y no lo fue por que España estaba en manos de unos políticos incompetentes e incapaces, que, teniendo información suficiente, no supieron tomar las decisiones adecuadas para evitarla. Unos políticos, insisto, con los que la historia ha sido extraordinaria e injustamente generosa, al no exigirles ni la más mínima responsabilidad. Difícil de entender, muy difícil.

No puedo evitar traer aquí alguna de las frases que Ortega y Gasset, inequívoco y activo promotor de la caída de la monarquía y de la llegada de la República, escribía desde su tribuna del diario el SOl, a finales del año 1931, y con la que instaba a una rectificación que nunca llegó:  «¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo».

Ortega a pesar de que habían transcurrido apenas unos meses desde su proclamación, ya veía claro y advertía que el camino del gobierno republicano no era el correcto, como no lo era, seguramente, para una gran mayoría de ciudadanos moderados, republicanos o monárquicos, que, entonces como ahora, formaban una amplia mayoría y huían de cualquier forma de radicalismo.

El tiempo, desgraciadamente, le dio la razón.

Pero volvamos a la bandera, esa bandera tricolor que para muchos sigue simbolizando un periodo de libertades… sin saber muy bien por qué.

La bandera tricolor nace, según dice la Sociedad española de Vexilología, de la mano del concejal madrileño Ángel Fernández de los Ríos quien, tras las elecciones municipales de diciembre de 1868, propone al alcalde de Madrid, Nicolás María Rivero, que la nueva corporación, salida de la coalición monárquica-demócrata-progresista, para nada republicana, utilizara para sus fajines, escarapelas o banderas asociadas a ayuntamientos populares elegidos por primera vez mediante sufragio «masculino», los colores representativos de la corona de Aragón y de los comuneros de Castilla que, curiosamente no era el color morado sino el rojo carmesí. Se ve que el concejal no estaba muy puesto en el tema de colores. La propuesta prosperó y estos fajines fueron utilizados por vez primera cuando asistieron a la sesión de apertura de las Cortes Constituyentes, el 11 de febrero de 1869. El éxito de esta iniciativa se extendió por diversos ayuntamientos entre ellos el de Valencia, que sí era de tendencia republicana, y el de Gerona, por citar a dos de los mas representativos.

No podemos olvidar que este momento de la historia de España, denominado sexenio democrático, comprende el derrocamiento de Isabel II, en 1868, la llegada de Amadeo de Saboya en 1871, la llegada de la Primera República en 1873 y la restauración Borbónica en Diciembre de 1974. Es decir, un sexenio en el que hubo tiempo para casi todo.

En esos años, la bandera tricolor en ningún momento tuvo protagonismo popular. Los movimientos obreros mas situados a la izquierda, utilizaban la bandera de color rojo y solo en algunos cantones, durante la Primera República, se pudo ver, en segundo plano, la presencia de la bandera tricolor que compartía espacio con la bicolor, en ocasiones con la bandera francesa – muy utilizada por partidos republicanos – , con banderas rojas, propia de la izquierda obrera y aún republicana, y con banderas totalmente moradas, en recuerdo equivocado de los Comuneros de Castilla. En todo momento, durante este periodo, la única bandera oficial era la bandera bicolor a la que, eso sí, se le había quitado el escudo real, como, por otra parte, era perfectamente lógico.

¿Por qué razón, con la llegada de la Segunda República, es adoptada la bandera tricolor como símbolo nacional?

Al parecer, los partidos republicanos más radicales, tras el fracaso de la Primera República, y en su larga transición hasta la Segunda, buscaron una simbología renovada y más moderada, optando por cambiar su tradicional bandera roja, por la tricolor, lo que explica por si solo que sea un símbolo estrechamente vinculado con las ideologías de izquierdas. Me atrevo a decir, incluso, que la bandera tricolor es una bandera que representa muy mayoritariamente a votantes de la izquierda.

Tras las elecciones municipales de abril de 1931, los partidos republicanos se apresuraron a sacar sus banderas a la calle y colgarlas en los edificios públicos, convirtiendo la bandera que hasta ese momento era de unos pocos, en la bandera de «todos».

Pocos días después el gobierno provisional la oficializó, por decreto, el 27 de abril de 1931. Aunque no hay constancia documental, parece que este tema fue abordado y acordado en el famoso pacto de San Sebastián que se celebró el 17 de agosto de 1930.

En mi modesta opinión esta fue una decisión equivocada, absurda e innecesaria. No puede ni debe tomarse una decisión de esa trascendencia de la forma en que se hizo, imponiendo, por decreto, una bandera que hasta ese momento solo representaba a los partidos republicanos de izquierdas y que, lógicamente, concentraba una clara carga ideológica, como he dicho anteriormente. Así se convirtió la tricolor en la bandera oficial del país, relegando al cajón de la historia y del olvido a la que había sido la bandera oficial de España en los últimos casi 90 años. Un error, en mi opinión, un grave error.

La bandera que para muchos sigue encarnando las libertades democráticas, fue impuesta por Decreto Ley, ignorando cualquier posibilidad de negociación o consenso. Paradojas de la historia.

Nunca pudo imaginar el concejal madrileño, Ángel Fernández de los Ríos, la trascendencia histórica que tendría aquella ocurrencia suya de1868. Ya se sabe que los políticos son así, se preocupan y ocupan de cosas que, realmente, no le interesan ni preocupan a nadie.

¿Es así, o cree usted que aquella idea brillante del concejal Fernández daba respuesta a profundas preocupaciones del pueblo madrileño que le había votado? Pues así se escribe la historia.

La bandera bicolor, la rojigualda, la bandera constitucional, tiene una historia mucho más clara y sencilla de contar.

La bandera nace con el objetivo de diferenciar los pabellones de los buques de guerra de la armada española, de los buques de otros países ya que, en aquéllos momentos y prácticamente en todos , predominaba el color blanco y favorecía la confusión.

El Rey Carlos III mediante un concurso, seleccionó la bandera bicolor para la marina de guerra, según consta en el Real Decreto de 28 de mayo de 1783.

Años después, con motivo de la invasión francesa que dió lugar a la guerra de la Independencia, no existiendo una bandera nacional oficial, ocurrió que marineros que servían en la armada y que se incorporaron a combatir contra los franceses en la Península, llevaron como distintivo la bandera rojigualda de forma que, esta bandera, que convivía con otras muchas que trataban de identificar a los diferentes movimientos de resistencia que proliferaban en España, empezase a extenderse por todo el territorio y a ser asumida de forma popular como la bandera que nos identificaba frente a los invasores franceses.

Años después, bajo el reinado de Isabel II y por Real Decreto de 13 de octubre de 1843, se unificaron las banderas de todos los ejércitos y así, la rojigualda, que seguía siendo solamente la bandera de la Armada, se convirtió en la bandera nacional.

Personalmente me gusta mucho más esta segunda historia, entre otras cosas porque la reina se limitó a hacer oficial algo que, popularmente, ya había sido oficializado y, en cualquier caso, no sustituyo a ninguna otra, fue, sencillamente, la primera bandera oficial del Reino de España. La bandera no tenía significación política o ideológica alguna, mas allá de su significación de unidad, puramente simbólica, frente al ejército francés. Su origen es monárquico, sí, pero el objetivo con el que había nacido no fue otro que el permitir identificar a los buques de nuestra armada. El destino, y sobre todo la invasión francesa, contribuyeron a que se convirtiera en la bandera de todos.

Por cierto, aprovecho para decir que, según la sociedad española de vexilología, no existe documentación que acredite que los colores rojo y amarillo fueran elegidos por el Rey Carlos III por ser representativos de las coronas de Aragón y Castilla. Lo mas probable es que esa decisión fuera tomada por ser colores brillantes y de una gran visibilidad, que, no hay que olvidar, era el objetivo de la bandera.

Lamentablemente, cuando la bandera bicolor, recuperada por el ejército que se levantó en armas contra la República, volvió a ocupar el lugar que le había arrebatado la bandera republicana, las dos Españas de D. Antonio Machado tuvieron bandera propia: la tricolor para las izquierdas y la bicolor para las derechas. Triste pero real.

Ni el concejal Sr. Fernández, ni el rey Carlos III, ni la reina Isabel II pudieron jamás imaginarlo.

Personalmente, como la mayoría de españoles, no he conocido otra bandera que nuestra bandera constitucional, una bandera que ha cumplido, como bandera oficial, 182 años y 175 si descontamos el tiempo que fue oficial la bandera tricolor. Cuando se proclamo la Segunda República estaba ya cerca de cumplir los cien años como bandera oficial del Estado. Es, sin duda, una bandera con mucha historia.

Espero haber aportado, si alguien lo lee, un poquito de información sobre el origen de dos banderas que han ocupado y siguen ocupando, gracias a la clase política, demasiado espacio emocional en nuestra sociedad. Personalmente no tengo ninguna clase de conflicto con este tema, como creo que la gran mayoria de ciudadanos de a pie, pero deploro la utilización partidista de los símbolos de mi país y me encantaría que existitiese una legislación que limitase su uso público y que, pensando en futuro pero mirando al pasado, prohibiese que símbolos que son claramente de partido y por tanto con profunda carga ideológica, puedan convertirse, bajo ningún supuesto, en símbolos nacionales.

DIALOGOS CON EL ESPEJO

Hay actos rutinarios que hacemos todos los días, todos y además varias veces, a los que no prestamos la más mínima atención. Una de esas rutinas es, en la mayoría de los casos, la que hacemos al levantarnos por la mañana. Abres los ojos con pereza, te das un estirón, te sientas en la cama, te pones las zapatillas y te diriges al baño. Ahí, precisamente ahí, es donde empieza esta historia, reflexión o relato, no sé muy bien como llamarla y además, al menos para mi, su nombre carece de importancia.

Abro la puerta y enciendo la luz, justo enfrente de la puerta, en mi caso, aparece reflejada mi figura en el gran espejo que tengo justo enfrente

El espejo nos recibe cada mañana cuando entramos al baño, comparte nuestras intimidades, nos mostramos ante él tal y como somos y él nos descubre, cada dia, que desnudos perdemos mucho… al menos yo.

El espejo es discreto, no hace comentarios, solo pone de manifiesto nuestras miserias, calladamente, muestra nuestra decadencia física, sin reproches, es el que provoca que, a veces, digamos eso de : quien te ha visto y quien te ve…

Si tienes un ataque de optimismo puedes decir también aquello de: el que tuvo retuvo, pero, sinceramente, eso son ganicas de engañarse. La realidad es la que es y el espejo es fiel testigo de su crudeza.

Los años pasan y él sigue allí, recibiéndonos cada día. Sin embargo, a lo mejor es una opinión personal, muy personal, yo creo que el espejo, por aquello de que convive con nosotros, se comporta de manera mucho mas generosa que las fotos. Las fotos son de una crueldad ilimitada, no tienen misericordia y pueden ensañarse con nosotros de una manera terriblemente injusta.

La parte positiva es que de las fotos te puedes librar, no quiero fotos y punto. Solo las oficiales : DNI, pasaporte y carnet de conducir. Las tres fotos son ya suficiente castigo, no hacen falta más. Échele un vistazo si las tiene a mano y diga si tengo o no razón, sobre todo si son recientes. En mi caso las del DNI es la última porque ya me lo han dado permanente. Suerte que tengo.

Del espejo, en cambio, no te libras, está ahí, en su sitio, cada mañana. Tiene paciencia el espejo, sí, lo aguanta todo: malas caras, posturas raras, gestos indescriptibles, algún exabrupto que otro… no sé, podría decirse, humanizando al espejo, que es buena gente. Nos aguanta, nos sufre y nos refleja, con sinceridad absoluta, tal y como somos… por fuera, eso sí.

Pero si la cara, dicen, es el espejo del alma, igual no estaría mal intentar tener alguna conversación con el espejo a ver si el alma se manifiesta a través de él y nos cuenta algo. Pero seguramente, bien pensado, no nos contará nada. En cualquier caso, puede que merezca la pena intentarlo.

Alguno dirá: ¿estás tonto o qué? ¿qué nos va a contar el espejo o el alma?

Seguramente nada, es verdad, pero ¿por qué no probarlo?

En el espejo te encuentras con tu otro yo, un yo no físico, no lo puedes tocar, pero es tú otro yo y en él ves tu cara, y en ella sí se reflejan muchas cosas, muchas, sobre las que hablar.

A veces lo hacemos, todos lo hemos hecho alguna vez. Hablo solo, decimos, pero no, estás hablando con el espejo, hablas con la expresión de tu cara que refleja como estás y muestra tu expectativa, buena o mala, para las próximas horas, días, semanas, meses o, incluso, quizá, años.

Qué estupidez de artículo, historia, relato o lo que sea me está saliendo, lo sé, pero no me importa.

La suerte que tenemos los que no tenemos lectores o tenemos pocos y creemos que son de confianza – a lo mejor con alguno o alguna nos equivocamos , pero nos da igual – la suerte que tenemos, repito, es que podemos decir lo que nos dé la gana sin ser juzgados con excesiva severidad. Un privilegio.

Bueno, a lo que vamos. ¿Has probado a hablar con el espejo o con tu cara reflejada en él, que es, como he dicho que dicen, el espejo del alma? ¿has probado?.

Mira tu cara por la mañana y pregúntale: ¿Qué? ¿cómo lo llevas? Mala cara tienes tío o tía, o no has dormido bien o no te espera un buen día.

No, esta espalda me está volviendo a joder, respondes tú cuando, como es mi caso, tengo no pocos problemas en la susodicha zona.

Pero hay otras preguntas, de más enjundia, que también podríamos hacer a ese espejo testigo de nuestra decadencia o a esa cara, espejo del alma. Sí, son preguntas de repaso, de toma de conciencia, de poner en valor lo que has hecho, lo que haces y lo que vas a hacer con esa vida cada vez mas escasa que nos va quedando. Queda poco tiempo, cada vez menos, saber utilizarlo, a nuestra edad ya próxima a la fecha de caducidad, es importante.

Podemos preguntarle al espejo con tranquilidad, seguros de que va a ser sincero y discreto, muy discreto, habla con él, sincérate, el es paciente y te escuchará sin interrumpirte ni reprocharte nada, es el único capaz de hacerlo, pero ten en cuenta una cosa muy importante: no le engañes. Engañar al espejo es engañarte a ti mismo, sí, es engañar a ese que ves reflejado y que seguramente, a lo mejor, algún día te gustó, o creíste que te gustaba, pero que ahora, con la perspectiva que da el tiempo parece que ya no te gusta tanto.

Ese que ves ahí es el responsable del argumento de tu vida, sea el que sea, ese argumento que se ha ido escribiendo día a día y te ha llevado a ser el que eres ahora, ese que ves reflejado en el espejo es la consecuencia de la historia de tu vida, tu libro…te guste o no.

A lo mejor, pensándolo bien, es mejor no preguntarle nada porque lo escrito, escrito está y ya no admite correcciones.

Preguntar o no preguntar es, sin duda, todo un dilema, un dilema idiota, pero un dilema al fin y al cabo.

¿Qué hacemos pues?

En verdad no lo sé; quizá lo mejor sea que sigas tu ritual de cada día: métete en la ducha, ponte el albornoz, – si tienes albornoz – aféitate – si tienes barba – , sécate el pelo – si tienes pelo -, y cuando hayas terminado, deséale buen día a tu yo del espejo y vete a tomar un café – si te gusta el café – o una infusión- si te gustan las infusiones- , o a hacer lo que realmente te dé la gana , siempre que te lo puedas permitir, algo que, pensándolo bien, no es nada sencillo.

¿Cuántas veces a lo largo de tu historia personal has hecho lo que realmente te ha dado la gana? a lo mejor descubres que son muchas menos de las que creías.

Seguramente alguno de los que puedan leer esto, muy pocos sin duda, podrían preguntarme: oye, perdona, todo esto que estás escribiendo a mi me parece una tontada.

Yo le respondería que tiene razón, que es verdad, que es una tontada, como todo lo que llevo escrito en esa página del blog que, ya lo he dicho antes, en el fondo es una estupidez.

Por eso voy a concluir y voy a hacerlo rectificando todo lo escrito. Hazme caso, no busques el argumento del libro de tu vida, no corras el riesgo de leerlo porque es muy probable que no te guste. No le preguntes a tu yo del espejo, no merece la pena, ¿para qué?, sigue tu vida y tómala tal como venga, procura no salirte de las normas establecidas porque está mal visto, no hagas lo que te dé la gana, no des mal ejemplo y haz lo que debas hacer… aunque no te guste.

Termino de vestirme, me hecho mi ración de colonia y cuando me disponía a salir oigo que me chistan desde el espejo…

  • ¿Será verdad lo que estoy oyendo?, me volví rápidamente y vi como mi otro yo me miraba con una media sonrisa un tanto sarcástica.
  • ¿Me estas llamando? le dije a mi yo del espejo.
  • Sí, me respondió.
  • Tú me dirás, le dije yo.
  • Mira, he escuchado tus pensamientos con atención y tienes mucha razón, incluso cuando dices que lo que has escrito es una estupidez, pero a pesar de todo quiero recordarte un consejo, sí, un consejo que ya te dieron en una ocasión y que, aunque lo recuerdas con frecuencia, yo lo sé bien, nunca has puesto en practica. Me parece bien que recibas a la vida cada día tal y como venga, o no, que no te salgas de las normas establecidas, o sí, y que hagas lo que realmente tienes que hacer, o no, pero , hagas lo que hagas, no olvides nunca que solo te representas a ti mismo.

Lo miré, me miré, en silencio, asentí con la cabeza y apague la luz. Salí de la estancia y recordé cuando un día, hace ya unos cuantos años, tras una dura reunión en la que yo asistía en representación de la entidad a la que prestaba mis servicios, uno de los asistentes, colega y buen amigo, cogiéndome del brazo me dijo: ¡Que ganicas tengo de que te representes a ti mismo!

Es verdad, tenían razón, mi amigo y el espejo, una buena parte de mi vida, casi toda, ha sido una pura representación. Quizá ha llegado el momento de hacer caso a aquél colega y a mi otro yo del espejo y empezar a representarme a mi mismo… tendré que aprender, pero voy a poner todo mi empeño en intentarlo y, seguramente, yo sí, seguiré dialogando con el espejo.

LA CONTRADICCION DEL AFUERINO

Hace mucho tiempo que no me ponía a volcar palabras en la pantalla de mi portátil, y hace algún tiempo igualmente que tenía ganas de escribir, como forma de pensarlas, sobre dos palabras que me parecen altamente interesantes: contradicción y afuerino.

La primera forma parte permanente de mi vida, la segunda la descubrí, no hace mucho, leyendo un artículo de prensa en la que citaban a alguien a quien yo admiro, José Luis Sampedro, y del que dice el artículo que se declaraba afuerino, palabra que aprendió en Chile y que oficialmente viene a definir a alguien que no se siente parte de la comunidad. Don José Luis la utilizaba para declarar su sentimiento de estar afuera de los usos y costumbres de una sociedad que claramente no le gustaba, y ante la que manifestaba una posición contundente contra el desarrollismo sin medida y una economia totalmente deshumanizada.

Rescato un fragmento del discurso que pronunció en su presentación en la RAE, el 2 de junio de 1991.

Muy colmado de ciencia está Occidente, pero muy pobre de sabiduría. Es decir, del arte de vivir, más abarcante que la ciencia porque, contando con ella, incluye además el misterio. Ahora no se procura alcanzar la iluminación, sino sentir el latigazo del deslumbramiento. Se busca el estrépito, lo aparatoso, los focos publicitarios, no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. [….] Los países de la periferia conservan, aún en su atraso técnico, más sabiduría y eso es una esperanza para todos, porque cada día es más importante compensar el desajuste esencial de esta civilización: el tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida”.

Es una evidencia que su visión de la sociedad del año 1991 es perfectamente aplicable a la que hoy disfrutamos, una sociedad tecnologizada que fomenta el aislamiento del mundo real y que sitúa al consumidor en una realidad virtual, en un mundo inventado que vende felicidad a golpe de click. Una sociedad, en definitiva, en la que más de uno, creo yo, podemos compartir los sentimientos de D. José Luis Sampedro y sentirnos, como decía él, extramuros de un modelo social vacío y enormemente incierto, preso, como él define magistralmente, de «…lo aparatoso, los focos publicitarios, no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. «

Yo me declaro claramente afuerino, extramuros, de la sociedad que vivo pero esa declaración corre el riesgo, también, de convertirse en una posible contradicción.

Contradicción tiene su origen en la palabra latina contradictio y en terminos simples podríamos decir que una contradicción es afirmar o negar una cosa y su contraria. Para entender bien el significado de contradicción , aplicable a la vida real, a mi me sirvió mucho colocarla frente a su antónimo: coherencia. Ser coherente, actuar con coherencia, es, en definitiva, no caer en contradicciones.

La contradicción forma parte del ser humano, y yo diría que es mucho más manifiesta en la medida que vamos cumpliendo años, vamos madurando y vamos conociendo a los diferentes personajes que habitan o han habitado dentro de cada uno de nosotros.

Nuestra mirada a la vida, a nuestra circunstancia, la de cada cual, cambia y cambia, a veces, de forma radical. Lo que ayer me gustaba, hoy ya no me gusta, lo que ayer creía que estaba bien, hoy ya no me lo parece, mi ideal de vida de ayer hoy ha cambiado por completo, ¿es esto contradictorio? Si nos atenemos a la extricta definición de contradicción es posible que sí, pero para ello tendríamos que obviar de manera total las circunstacias que nos rodean en cada momento así como los usos y costumbres de la sociedad en que se vive.

Recordando a Ortega , no podemos olvidar que el ser humano, hombre o mujer, realiza de una manera inevitable y permanente, aunque sea de manera inconsciente, la función innata de pensar. Nuestra vida, la de cada cual, se activa a través del ejercicio de pensar que es el que nos pone en relacion con nuestro mundo, con nuestra circunstancia, entendida esta tal y como la define la RAE, fiel al origen latino «circumstantia«, en la que el prefijo circum nos indica alrededor : «conjunto de lo que está en torno a alguien; el mundo en cuanto mundo de alguien».

Es importante tener siempre muy presente la individualidad de la circunstancia, y por eso destaco la segunda parte de la definición de la RAE cuando dice «el mundo en cuanto mundo de alguien».

Cada uno de nosotros convivimos con ese mundo nuestro en el que se integra todo lo que no soy yo, incluidos los otros y ese convivir lo llevamos a cabo a través de la función de pensar, pensar las cosas, pensar para conocer, para descubrir, para, en definitiva, convivir y tomar razón de nuestra vida.

Pensar es la llave del conocimiento y lo que nos va a permitir, con la ayuda de la razón, entender nuestra circunstancia, sin olvidar que nosotros tambien formamos parte de la circunstancia de los otros. Pero en esta nuestra relación con el mundo que nos rodea y con la que dia a dia vamos construyendo nuestra vida, hay un factor que va a ser decisivo: la perspectiva.

la perspectiva, como decía Ortega, forma parte de la realidad y eso implica que cada cual ve la realidad desde su personal y único punto de vista, por eso, afirmaba, que una realidad vista desde perspectivas diferentes nunca puede ser idéntica.

Dicho esto, yo, desde mis 71 años construidos y vividos, he sentido cambiar mi circunstancia y he tenido que modificar mi forma de convivir con ella, mi forma de pensarla. Poco a poco,la historia, mi historia, ha ido desplazando mi punto de vista y , por consiguiente, modificando mi perspectiva de la realidad.

Mi circunstancia actual, la forma de pensar mi vida, mi perspectiva de la realidad que vivo, me llevan a situarme, desde la razón, como afuerino de la sociedad porque, como recogia más arriba en el discurso de D. José Luis Sampedro: «…cada día es más importante compensar el desajuste esencial de esta civilización: el tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida«.

Declararme afuerino de la sociedad actual, de sus usos y costumbres, de su mala educación, de su tecnología desbocada, de sus redes sociales, del aislamiento sobrevenido que provocan… y ser al mismo tiempo un usuario habitual de internet, disponer de varios correos electrónicos, teléfono móvil, firma electrónica, utilizar APP`s de forma habitual, leer libros en un ebook, realizar compras en comercio electrónico y tener acceso a plataformas de mensajería, música, cine, series y/o deporte, ¿es coherente o estoy cayendo en contradicciones?

Yo acepto la contradicción como parte inevitable de la vida en su dimensión histórica, pero no si la aplico al momento presente, es decir, no considero contradictorio sentirme afuerino de la sociedad que vivo y hacer uso de los medios que la tecnologia pone a mi disposición, siempre que, como decía el sabio D. José Luis Sampedro, el uso que se haga de ellos tenga el objetivo, hoy tan lejano y utópico, de «…ponerlos al servicio de la vida».

La tarea que nos queda a cada uno de nosotros es pensar conscientemente y decidir que entendemos por vida, por nuestra vida y como queremos vivirla.

Si yo analizo mi historia personal es evidente que me encuentro con no pocas contradicciones, sí, la historia, mi historia, me coloca frente a otros «yo» en los que seguramente ya no me es posible reconocerme, aunque estén ahí formando parte del guión que yo mismo he ido escribiendo. La vida, en el fondo, es presisamente eso, una historia de cambio, de desarrollo y de contradicciones que te llevan a ser lo que eres en cada momento; dicho de otro modo, hoy soy como soy gracias a «los» que he venido siendo a lo largo de mi vida… y así va a seguir siendo en ese proceso de evolución, siempre inacabado, que llamamos vida.

Como mi guión ya está muy avanzado y mi historia es larga y variada, mi aspiración es ser coherente con mi vida presente, sin preocuparme de si, esa coherencia de hoy, entra en contradiccion con alguna parte de mi historia pasada. Seguro que sí. El reto es vivir el presente sin sumisión a los usos y costumbres impuestos e innececesarios, especialmente, muy especialmente, a los tecnológicos, mantener alto el sentido crítico y , desde luego, declararme afuerino convencido de los cuatro pilares que hoy sustentan nuestra sociedad: el mal gusto, la mala educación, el fanatismo y la estupidez.

A lo mejor mañana, quien sabe, pienso de manera distinta, a lo mejor mañana, quien sabe, descubro que las redes sociales son un prodigio del ser humano y las incorporo a mi vida, a lo mejor mañana, quien sabe, dejo de sentirme afuerino y me identifico plenamente con el mal gusto, la mala educación, el fanatismo y la estupidez de la sociedad, a lo mejor mañana, quien sabe, descubro un yo en mí que no conocía y entro en contradicción con toda mi vida pasada, a lo mejor mañana, quien sabe, sigo pensando mi vida de la misma forma que lo hago hoy, a lo mejor mañana, quien sabe, sigo siendo un afuerino convencido. Probablemente así será, o no. A lo mejor mañana, quien sabe…

VOTAR para BOTAR

Votar y/o botar, los dos verbos suenan igual, sólo el contexto va determinar, en la mayoría de las ocasiones, a qué nos estamos refiriendo ya que, como es sabido e incluso la RAE acepta, no hay diferencia alguna en su pronunciación.

El verbo votar viene del latín votare que significa hacer votos, hacer ofrendas religiosas, prometer o expresar un deseo; el tiempo fue incorporando o modificando el significado y su curriculum se enriqueció incorporando una buena parte del significado del verbo latino suffragare cuyo significado actual podríamos situarlo en la expresión del derecho a votar, sufragio, mientras que el verbo votar se refiere más concretamente a la materialización real de ese derecho al voto.

El verbo botar tiene su origen en el latino bottare , cuyo significado varía en función del país hispano en que se diga, aunque, para lo que yo quiero traer aquí, me quede con la primera definición que te encuentras en el diccionario de la RAE : arrojar, tirar, echar fuera a alguien o algo.

A partir de aquí y ya que estamos en año doblemente electoral y con la nada desdeñable posibilidad de que sea necesaria una tercera convocatoria, se hace más evidente la necesidad de unir los dos verbos, como yo he hecho en el título de este artículo: si usted quiere botar a algún o algunos políticos, no le queda otro remedio que votar a otros. Votar para botar.

Sin embargo, todos lo sabemos, esto no es en modo alguno sencillo. Para que podamos botar a los que no nos gustan, tiene que haber otros que sí que nos gusten y es ahí , precisamente ahí, donde, para muchos, yo entre ellos, empiezan los problemas.

La decadencia de la clase política como tal es una evidencia generalmente aceptada, por lo tanto nos vemos obligados a elegir, en la mayoría de las ocasiones, entre la más absoluta mediocridad.

Usted, si realmente hay alguien que lee este artículo, podría decirme: no sea usted negativo, hay de todo.

Es verdad, a veces generalizamos y esa generalización es manifiestamente injusta, pero, a pesar de todo, yo creo que la mediocridad gana con una amplia mayoría absoluta y , gracias a eso, se manifiesta con una generosidad arrolladora.

Así son las cosas, o al menos así las percibe el que esto escribe que, como bien saben, es un simple escritor sin lectores ni redes sociales y al que, seguramente, Ortega y Gasset, mi filósofo de cabecera, si leyera lo que escribo, calificaría generosamente como un simple pelafustán.

Dicho esto, yo quiero botar a los que gobiernan pero no se a quien votar para que los sustituyan. Nuevamente me rebelo contra la trampa antidemocrática de las listas cerradas. Me niego a votar una lista, no me parece democrático, incluso en la lista del político con el que me puedo sentir más identificado, aparecen destacados nombres de la política regional con los que no iría ni a tomar un café. Tengo la mala suerte de conocerles y, por ello, me sobran los argumentos para no depositar en ellos o ellas ni un miligramo de confianza.

¿Qué hacer?

Una alternativa era votar a alguna lista en la que no conozca a nadie y, de esa manera, evitar entrar en conflictos morales. Puede ser una solución pero solo a medias; en ese caso votar no conduce al objetivo de botar y, además, el riesgo que asumes es desproporcionadamente alto. No me sirve.

Algunos electores resignados apuestan por votar a la opción menos mala, al mal menor, un mal menor que normalmente suele coincidir con las listas encabezadas por el logo del partido que, supuestamente, mejor representa a su forma de pensar o, si quiere usted, la que mejor representa a eso que también llamamos ideología. Bonita palabra.

Ya saben mi manía de buscar los significados etimológicos y este, como tantos, es realmente bonito e interesante. Esto es lo que me encuetro en la red de redes: «El vocablo “ideología” está compuesto de dos palabras de origen griego: éidos, que significa “idea”, y lógos, que puede interpretarse como “discurso racional”. En este sentido, «ideología» vendría a significar “sistema racionalizador de ideas”.

Para la RAE la ideología es:

«conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.»

Yo, con el atrevimiento que proporcionan los años, interpreto ambas y me atrevo decir que la ideología no deja de ser un conjunto de ideas, mas o menos estructuradas, que definen, o eso creemos, nuestra forma de entender la realidad y fundamentan, cuando no justifican, el deseo de transformarla.

Mientras estas cosas pasan en las cabezas de los ciudadanos de a pie, corrientes, pacíficos, disciplinadamente cumplidores de las normas sociales, no pasa nada, no hay riesgo o, si lo hay, es mínimo y está controlado.

El problema, anónimo lector, surge cuando el ciudadano de a pie, corriente y pacífico, deja de serlo y decide poner su ideología al servicio de la política. Busca un partido político afín con su pensamiento, o crea uno nuevo, y decide luchar por transformar su ideología en una verdad universal. Ahí empiezan los problemas.

Los partidos políticos uniforman algo absolutamente imposible de homologar: nuestra forma de pensar.

Los políticos profesionales pierden su libertad de voto, estén de acuerdo o no con lo que se vota, quedan sometidos a la voluntad del líder que, en la mayoría de las ocasiones subordinará su ideología al ejercicio del poder. La ideología, hoy mas que nunca, es totalmente líquida, como diría el añorado Bauman, está sujeta a las exigencias de los pactos y a las vanidades de quienes los negocian; la ideología sirve al poder y se somete a él sin complejos, con naturalidad, y los políticos de turno encargados de su perversión nos intentan convencer, cínicamente, que lo hacen porque es lo mejor para el país y para todos los que tenemos la fortuna de vivir bajo su liderazgo.

Votar para botar, sí, pero en este circo en el que vivimos cada elección es más difícil, las verdades absolutas conviven con naturalidad con el insulto y la descalificación del adversario político; las ideologías líquidas inundan y arrastran todo lo que encuentran a su paso dejando un panorama desolador.

El gran drama es que este no es un problema local, ojalá lo fuera, es un problema absolutamente globalizado, un problema que amenaza con llevarnos a territorios desconocidos. Si observan lo que esta ocurriendo y puede aún ocurrir en la querida América Latina, veran que no exagero nada, nada, lo que pasa aquí es un juego de niños comparado con aquéllo.

Es posible que dentro de unos meses tengamos que volver a votar para botar y para entonces, si llega ese momento, es importante que tengamos las ideas claras y tomemos las debidas precauciones para no correr el riesgo de naufragar en el tsunami de ideologías líquidas que, con toda seguridad, volverán a inundar nuestra vida.

APOLOGIA DE LA NOSTALGIA

Es frecuente en la sociedad de nuestro tiempo y supongo que en otros tiempos también, calificar con un cierto desprecio a aquellos que, en determinados momentos, pueden sentirse nostálgicos. Es un síntoma de viejos, de carcas y de antiguos, dicen los que se sienten modernos o que, aún pensando y sintiendo como tú, les avergüenza reconocerlo.

El término «nostalgia» es de raíz griega y fue acuñado por médicos suizos a finales del siglo XVII, para describir la sensación de añoranza por el hogar que sentían los soldados.​ Es verdad que su origen griego,  νόστος (nostos = regreso) y ἄλγος (algos = dolor), parece indicar que la nostalgia es necesariamente triste o dolorosa. La RAE lo certifica al añadir a la definición de los médicos suizos una complementaria: «Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.»

Personalmente no comparto la idea de mezclar nostalgia y melancolía, aunque nada más lejos de la intención de este escritor sin lectores que corregir a la más alta autoridad de nuestra lengua. En mi caso, y por mi propia manera de vivirla, he llegado a la conclusión de que la melancolía puede ser una consecuencia de la nostalgia pero no está necesariamente implicada en ella.

En cualquier caso y como ya he dejado constancia en otros artículos, todas las palabras tienen su curriculum y por supuesto, muchas también, van evolucionando y enriqueciendo su significado en función del uso que en cada momento se hace de ellas. El hecho de que en su origen griego el significado de nostalgia sea, precisamente, regreso al dolor, la marca irremediablemente.

Buscando información sobre su evolución , podemos ver que tenía una consideración generalmente negativa hasta bien cerca de los años ochenta del siglo pasado cuando, en 1979, el sociólogo Fred Davis hizo la primera interpretación moderna de la nostalgia asociándola con hechos positivos. A él le han seguido otros estudiosos del tema como el escritor y psiquiatra Rafael Euba o el psicólogo Constantine Sedikides y seguramente muchos más, que han contribuido a enriquecer su significado, su curriculum, y han abierto nuevas puertas, nuevas formas, nuevas perspectivas a la hora de analizar como, la nostalgia, acaba influyendo en nuestras vidas.

Personalmente y al margen de las opiniones de los antes mencionados, yo me identifico con la idea de que la nostalgia es un sentimiento, sí, un sentimiento en el que, como si fuera un cocktail , mezclamos unos cuantos recuerdos , unas gotitas de placer y paz y una sonrisa entre tímida y triste.

¿No lo sintió usted nunca? Yo sí.

La nostalgia no tiene edad, es transversal, aunque es verdad que cuanto más recorrido vital tienes, es decir, cuanto más mayor te haces, mas archivos de tu memoria pueden despertarse y llevarte, siquiera momentáneamente, a experimentar ese sentimiento de nostalgia: una calle, una ciudad, un libro, una película, una canción, una foto… ¡qué sé yo! , hay mil circunstancias que pueden moverte y te mueven a recordar y sentir la magia de la nostalgia sana y divertida.

Me parece absurdo que alguien se niegue a aceptar que este sentimiento forma parte de la vida. «No, no, yo no soy nada nostálgico, yo vivo el presente, soy una persona de mi tiempo»… Esta expresión, o parecida, que seguro han escuchado alguna vez o incluso han podido pronunciarla, yo creo que es producto de la confusión entre el sentimiento sano, nostalgia, y el sentimiento enfermo, melancolía; sí, es verdad que no se puede vivir en el pasado, pero no lo es menos que no se puede vivir sin él.

He cumplido setenta años, muchos sí, y yo, como usted y como todos, soy lo que soy gracias a lo que he ido siendo desde que nací. De todas las etapas de mi vida tengo alegrías y tristezas, buenos y malos recuerdos, buenas y malas experiencias, buenos y malos comportamientos, actitudes positivas y negativas, encuentros y desencuentros, decepciones, desengaños, éxitos y fracasos, aciertos y errores, amigos y enemigos, he conocido y experimentado la lealtad y la deslealtad, he conocido a gente culta, sabia incluso, así como a vanidosos ignorantes cuya principal ignorancia era ignorar su propia ignorancia, he conocido a gente buena, incluso muy buena, y a gente mala, incluso muy mala, he conocido la soberbia y la ambición del poderoso, de aduladores y trepas y también la generosidad de la gente sencilla, amable y siempre dispuesta a ayudar. En definitiva… he vivido, intensamente, 70 años.

Para mí, ignorar el camino y las experiencias de la vida vivida no solo es imposible, sino que si lo hiciera, sería tanto como renunciar a los recuerdos y cerrar el archivo de la memoria. Ni puedo ni quiero hacerlo.

Visto lo escrito, y dado lo aficionados que somos en esta sociedad a poner etiquetas, usted podría decir que soy un nostálgico pero se equivocaría; no soy un nostálgico, pero disfruto de mis recuerdos y sus momentos nostálgicos, de la misma forma que no soy un melómano – aunque me gustaría – pero disfruto con la música.

Vaya pues mi aplauso para la nostalgia y los nostálgicos que la viven como un maravilloso momento de paz y gozo interior. De igual modo llamo a no confundir este sentimiento con el de aquéllos que no solo viven instalados, anclados, en un pasado del que no saben salir, sino que son incapaces de vivir el presente sin compararlo con alguna o algunas etapas de su vida en la que se quedaron atrapados. Esas personas que ven con una cierta angustia la imposibilidad de volver al pasado es más fácil que estén experimentando un sentimiento de melancolía, como dice la RAE, que de sana nostalgia.

En cualquier caso me parece importante señalar que los que, como es mi caso, pertenecemos a la década de los cincuenta del siglo pasado, tenemos un privilegio que los más jóvenes no tienen, igual que no lo teníamos nosotros cuando fuimos jóvenes: podemos comparar. Sí, vivimos la posguerra tardía, más de veinte años de franquismo – la década prodigiosa incluida – vivimos la transición, las primeras elecciones, conocimos el terrorismo, vivimos la explosión de libertad de los años ochenta, el cambio de siglo, el cambio de moneda… en fin, hemos tenido la oportunidad de disfrutar de diferentes modelos sociales lo que nos permite poder comparar y hacerlo con el criterio de quienes lo hemos vivido en directo. Si usted dice que fue feliz en el franquismo de los años 60 o que el modelo educativo que vivió no era tan malo como dicen, es casi seguro que alguien, que no vivió aquellos años, intentará demostrarle que está usted equivocado, que realmente usted no era feliz, que el sistema educativo era una fábrica de ignorantes adictos al régimen y que seguramente lo que le ocurre es que usted, como mínimo, es un facha nostálgico. Este es un tema que merece, seguro, un tratamiento distinto y, por ello, lo aparco para otro momento.

Quiero terminar animándole a disfrutar de sus buenos momentos vividos sean de la época que sea y a recordarlos sin complejos y, si le apetece, idealícelos, claro que sí, y presuma de ellos; escuche la música que le hizo feliz porque seguramente le volverá a hacer feliz, vuelva a leer aquél libro que leyó hace unos años, en circunstancias distintas a las actuales, y descubra que también el libro, diciendo lo mismo, le causa sensaciones y sentimientos nuevos y distintos; repase sus fotos, recuerde su vida, ese es su principal patrimonio, quizá el único que realmente merece la pena. No haga caso a aquéllos que quieren, sin haberla vivido, reescribirle su historia y que, por recordar los momentos felices de su vida, sean los que sean, tienen el atrevimiento de llamarle, despectivamente, nostálgico o nostálgica; no les haga caso, no se lo tenga en cuenta porque, realmente, no saben lo que dicen.

DIALOGOS ESPERPÉNTICOS.

Era un día soleado de invierno. Yo paseaba distraídamente por una calle céntrica de nuestra  heroica e inmortal ciudad y al cruzar de acera escuché que alguien me llamaba, me volví y vi a un muchacho sonriente que con gran entusiasmo se dirigía hacia mí.

  • Rafael ¿Cómo estás?

Mi sorpresa inicial al no identificar a mi interpelador, se torno en sonrisa al darme  cuenta de quién era él.

  • ¡José Antonio! ¿Cómo estás?, ¿y tu padre? Hace años que no le veo.

José Antonio era hijo de un viejo amigo al que, en verdad, hacía mucho tiempo que no veía. Él, en otra época de mi vida, había intentado que le ayudase a orientar la vida profesional de su hijo pero, a fuer de ser sinceros, el chico, José Antonio, no iba muy sobrado ni de aptitudes ni de ganas de trabajar.

  • ¿Qué es de tu vida? Pregunté yo haciendo ver que me interesaba cuando, en realidad, me importaba un carajo.
  • Estoy intentado dedicarme a la política.
  • ¡Ah!, eso está muy bien, dije yo, sencillamente por decir algo
  • ¿Y en qué momento estás? Le pregunté.
  • Estoy empezando. Esto es una carrera de fondo y he decidido empezar desde abajo. Quiero llegar a lo más alto.
  • Empezar desde abajo, eso está bien, le dije yo. Eso quiere decir que has empezado sencillamente por afiliarte, ¿es así?
  • Sí, me contestó con rotundidad.
  • Así es, prosiguió, pero ya he empezado a formarme, estoy haciendo el primer curso de cabeceador.

Reconozco que me quedé estupefacto. Sí, ¡había cursos de cabeceadores!

Antes de seguir contándoles mi conversación surrealista y propia de una película como Amanece que no es poco, he de decirles que, desde siempre, he sentido una especial curiosidad por los cabeceadores del mundo político. Me llaman la atención, no puedo remediarlo ¿los identifican ustedes?

Miren, solo tienen que observar al coro que acompaña las intervenciones públicas de los líderes políticos, son gente desconocida para el gran público, que suele estar detrás pero no lejos del líder, de pie o sentado, según sea el acto, pero que tienen una importancia capital; son los responsables de cabecear, asentir con sus gestos y aplaudir con las orejas los mensajes que desgrana su líder o lideresa. No hablan, solo gesticulan, están aprendiendo, al parecer son alumnos del curso de formación en cabeceador que, según mi informante, imparten los partidos políticos, no sé si todos, pero es muy posible, creo yo, que en esto sí que tengan unanimidad.

Ahora, hecha esta aclaración, vuelvo a mi conversación con el hijo de mi amigo, el lince y prometedor José Antonio.

  • O sea que estás en primero de cabeceador, que interesante, nunca pensé que hubiera cursos para esto… está muy bien. Sí.
  • Yo estoy muy contento – replicó José Antonio – me da oportunidad de conocer a mucha gente, asistir a los mítines de gente importante del partido y aprender a ser como ellos y a decir las cosas que dicen.
  • Ya lo creo, le dije, es una gran oportunidad la que tienes por delante y… ¿duran mucho esos cursos?
  • Depende, normalmente no menos de dos años pero yo estoy poniendo mucho interés y espero aprender en poco más de un año.
  • Que interesante ¿Cómo es el proceso de aprendizaje?
  • Tenemos que aprender a identificar el momento del mensaje en el que hay que cabecear y sobre todo la intensidad. La intensidad es muy importante.
  • Claro, claro, supongo que sí ¿Y quién os enseña u os corrige vuestra forma de cabecear?
  • En nuestro partido es un señor mayor, ya jubilado, que ha viajado por todo el mundo, ha estado en congresos, mítines, y se especializó en enseñar a cabecear y, realmente, es un auténtico fenómeno. Tendrías que ver como cabecea, como elige el momento y escoge el ritmo pausado o rápido en función del mensaje que se está trasmitiendo. Es un referente para todos. De hecho, cuando los de arriba tienen que mandar mensajes importantes, siempre quieren tenerle a él cerca porque sus cabeceos les refuerzan muchisimo y se sienten más seguros.

Yo no salía de mi asombro y volví a acordarme de mi película de culto, Amanece que no es poco, cuando en la celebración de la misa,  una feligresa, fiel seguidora del cura que decía la misa, anticipaba lo que iba a ocurrir diciendo a los que asistían por primera vez: “Ya verá que alzamiento de hostia hace este hombre”. En este caso dirían: “Ya verá que forma de cabecear tiene este hombre”.

He de reconocer que me picó el gusanillo y quise seguir profundizando en el conocimiento del despropósito que estaba escuchando pero que, por otra parte, me permitía entender el trabajo de toda esa cuadrilla de seguidores fieles, cabeceadores profesionales, que vemos a diario en los telediarios.

  • Debe de ser muy interesante acudir a sus clases y ver que metodología utiliza. Dije yo.
  • Es todo muy visual, Rafael, normalmente pone los vídeos de la semana de los actos a los que hemos asistido y nos sometemos a un análisis grupal de cómo lo hemos hecho. Se analiza si hemos cabeceado en el momento clave del discurso, cuánto tiempo hemos aguantado el cabeceo y si la intensidad ha sido o no acorde a lo esperado. Aunque no lo parezca es muy duro.
  • Claro, claro, le dije, ya lo supongo, sobre todo debéis de acabar con las cervicales destrozadas.
  • No solo las cervicales, el estado general es de gran tensión porque nunca sabemos lo que el lider va a decir en el discurso.
  • ¿No os dan el guion?
  • No, todo es improvisación, no se planifica nada. Dicen que es la mejor manera de aprender el oficio de político.
  • Oye, José Antonio, y dentro de los cabeceadores, ¿hay niveles?, es decir, cabeceador de directores generales, o de presidentes de diputación o de concejales, alcaldes, ministros…
  • Sí, sí, claro, yo ahora solo voy de cabeceador con consejeros o candidatos autonómicos pero a final de año, si lo hago bien, quiero estar de cabeceador en las elecciones de ámbito nacional y poder acompañar en las comparecencias a algún ministro o ministra.
  • ¡Jo!, no te envidio amigo, ¡vaya trabajito que te has buscado!. Espero que tengas suerte y que llegues a cabeceador del Presidente de Gobierno.
  • No sé, eso es muy difícil, pero yo lo voy a intentar. Los veteranos dicen que todos los cabeceadores de los primeras series son gente que ya está muy bien colocada, bien en los órganos del partido o en puestos en la Administración y eso es lo que yo quiero.
  • Sería estupendo, claro que sí, un buen puesto que te de tranquilidad económica y que solo te obligue a cabecear cuando toque.
  • Confío en poder conseguirlo. Me estoy esforzando a tope y a ilusión no me gana nadie.
  • Bueno José Antonio, mucha suerte, me alegro de verte y dale un abrazo a tu padre.
  • Gracias y ya te tendré informado de mis progresos.

Continué  paseando y , sin darme cuenta, comencé a cabecear mientras pensaba que no le había preguntado a qué partido pertenecía aunque, bien pensado, la respuesta hubiera carecido de interés.

Es evidente, amable lector, que este esperpento es un simple fruto de mi imaginación. Ni existe el tal José Antonio, ni, obviamente, yo conocí a su sufrido padre. Me apetecía hacer mi personal homenaje a esas personas anónimas, de momento, que encuentran su minuto de gloria cabeceando las profundas reflexiones de su carismático o carismática lider o lideresa y, por añadidura, aparecen cerca de él en fotos, videos y reportajes varios que difunden los medios de comunicación y que, seguramente, colman sus aspiraciones y dan sentido a su vida.

Si usted no había reparado en ellos, hágalo a partir de ahora, disfrute con sus gestos, sus afirmaciones, su entrega total a la causa del lider y piense que quizá, un día, alguno de ellos o ellas, puede llegar a ser Presidente de gobierno.

LA MALA EDUCACION

Hace algunos meses, trate de poner de manifiesto la falta de respeto que rige las relaciones en nuestra querida sociedad y apostaba por cambiar la palabra “democracia” por “respetocracia”

Ayer, en un acto en la Complutense, se puso de manifiesto, una vez más, la realidad social que, en lo que se refiere a educación y respeto, nos acompaña en nuestro día a día.

Los ¡fuera fascistas de la Universidad! eran contestados por los correspondientes ¡fuera comunistas de la Universidad! Todo muy edificante y esperanzador.

No me sorprende en absoluto, y además no voy a entrar en las razones que desencadenaron el bochornoso espectáculo que los medios de comunicación se ocuparon de mostrar.

Después llegaron los comentarios y valoraciones de los que se supone son las voces autorizadas y, una vez más, un sentimiento de frustración y desubicación me llena por completo.  Ministros justificando lo ocurrido o interpretaciones de que todo había ocurrido en el uso legítimo de la libertad de expresión.

No lo entiendo y casi prefiero que nadie intente explicármelo porque me niego a escuchar más estupideces.

¿Qué valores democráticos defienden quienes atacan con insultos y agresiones verbales varias, a quienes no piensan como ellos?  

Yo creo que la universidad, más bien los  universitarios, perdió y perdieron  la oportunidad de mostrarnos como es posible ejercer el derecho de protesta, legítimo siempre, sin perder el respeto. Ellos son la esperanza o deberían serlo. En las aulas universitarias se supone que están recibiendo formación que debería llevarlos a mostrarnos que saben hacer las cosas, reivindicar sus derechos y ejercer sus protestas, de una forma diferente y además más eficaz. Lamentablemente no lo hicieron, no, no fueron capaces de aportar imaginación, creatividad, no supieron justificar que la formación que están recibiendo les hace mejores ciudadanos y, sobre todo, más respetuosos.  

Lo hicieron como siempre se ha hecho, lo que me lleva, una vez más, a concluir que no avanzamos nada, que el progreso educativo es inexistente y que el futuro que nos espera es más de lo mismo o quizá un poco peor.

Pero a todo el espectáculo que brindaron nuestros futuros rectores de la sociedad fuera del salón de actos, le faltaba la guinda, sí, una guinda en forma de discurso que nos ofreció la alumna mas destacada de la Facultad de Comunicación y Periodismo. ¡Que oportunidad se dejó escapar!, sí, una oportunidad de construir un discurso bien hecho y con argumentos periodísticos bien razonados, una oportunidad de demostrar que el premio especial a la mejor alumna estaba más que justificado y que era una candidata valiosa para trabajar desde ya en cualquier medio de comunicación.

Lo que nos ofreció no fue un discurso crítico sino un mero panfleto impropio de alguien que se ha formado, concretamente, en las técnicas de la comunicación. ¡Que bochorno! 

 Yo creo que ella fue, precisamente, la gran perdedora del espectáculo de ayer. Hoy podía estar en los medios como un ejemplo y como una esperanza de que hay cosas que se pueden hacer de otra manera, con elegancia, con estilo y con contundencia. Argumentos siempre sobran, pero hay que esforzarse en trabajarlos, documentarlos, ordenarlos y exponerlos con claridad y utilizando una dicción y un ritmo acorde con la importancia del momento. Nada de eso ocurrió, nada, y esa nueva y distinguida periodista perdió una oportunidad de oro… o quizá estoy equivocado y la supo aprovechar muy bien, porque la sociedad y los medios de comunicación lo que buscan son pseudoprofesionales como ella, populistas y panfletarios.

Me gustaría que no fuese así, pero tampoco lo descarto. Yo reconozco mi desubicación y, por lo tanto, mi absoluta falta de capacidad para entender a la irrespetuosa y maleducada sociedad en la que vivo.

CASABLANCA…80 años después

Hace unos días volví a disfrutar de la película Casablanca y, una vez más, descubrí que es única e irrepetible.

Me pregunte por qué y pensé que podía intentar poner en un papel las razones por la que yo, un vulgar aficionado al cine, consideraba Casablanca la película de las películas. No es una gran superproducción, es verdad, es sencilla en cuanto a escenarios y seguramente en cuanto a presupuestos, pero… está Bogart y la Bergman… casi nada.

Conocí a una persona, un tío mío, que no entendía como podía gustar tanto esta película porque, para él, era una película en la que nunca pasa nada y por contra, un hermano mío, afirma que en esta película nunca dejan de pasar cosas. Me quedo con la segunda opinión que comparto plenamente, aunque seguramente, como todo en la vida, es un problema de sensibilidad.

.Me puse a pensar en Casablanca y después de poner un montón de frases desordenadas, como a mí me gusta, empecé a seleccionar y dejé lo que va a leer, si le apetece, desde el párrafo siguiente hasta el final.

Tampoco espere usted, amable lector, grandes cosas, ya he dicho al empezar que soy un vulgar aficionado al cine y, además, absolutamente incapaz de hacer una crítica con un mínimo de solidez o fundamento cinematográfico. No, no es esa mi intención, como podrá leer a continuación.

En Casablanca hay cosas que me cautivan, que me transportan, que me hacen sentir nostalgia de un tiempo que nunca viví – ¿no le ha pasado a usted nunca? a mi sí, muchas veces – y algunas de las cosas más cautivadoras son el cinismo, sutil e imprescindible, del magistral capitán Renault o la forma de fruncir el ceño junto a la mirada despreciativa y única, de Rick, genialmente interpretado por el, para mi, inigualable Bogart. No me canso de verlos y no me extraña que Bogart, y Casablanca, se convirtiera en una referencia para un genio del cine como Woddy Allen en “Sueños de seductor”. Para mi también lo es.

Junto a Rick y Renault, está la presencia necesaria de Sam, Sam, el pianista que al tocar El tiempo pasará” hace creer que el tiempo ya dejó de pasar. Junto a él y Rick,  la magia de Ilsa, la encarnación de la belleza, una diosa delicada y sensible por la que el tiempo nunca, nunca, pasará. Milagros del cine.

Sentir la emoción y la fuerza de la marsellesa, cantada en el café de Rick, la frase: “tócala, Sam, toca el tiempo pasará”, o la respuesta de Rick a Ugarte cuando este le pregunta si le desprecia: “si pensara en ti, probablemente”,  son sencillamente frases míticas, inagotables, perfectas e inmortales. A ellas unimos otras tan vivas como: “siempre tendremos Paris”.

Entristece pensar que, en estos tiempos y esta sociedad, estúpida y absurda que entre todos hemos construido, la despedida de Rick a Ilsa en el aeropuerto, sería hoy tachada de machista, sí, sería considerado machismo escuchar a Rick decirle a Ilsa que “pertenece” a Laszlo… ¡qué barbaridad!

Pero si toda la película es una sucesión de acontecimientos en blanco y negro, la frase que pone el punto final tenía que estar a la altura y lo está. Otra frase mítica que el capitán Renault dirige a Rick y que te deja clavado en la butaca: “presiento que este es el principio de una larga amistad”.

Respirar el ambiente cargado del café de Rick, escuchar sus frases y observar el desfile de sus personajes, crean una magia indescriptible: Carl, el bonachón camarero del café, los estraperlistas, la gente detestable como Ugarte, el personaje indefinible del señor Ferrari, dueño del Loro Azul, la presencia del líder de la resistencia, Victor Laszlo, el despreciable mayor Strauss, y , como no, el inefable Renault que tantas perlas nos deja a lo largo de la película y que, junto a su mítica frase final, recordada en el párrafo anterior, nos dejo otras no menos impactantes como: detengan a los sospechosos habituales.

Todo esto hace que, cuando me siento a ver Casablanca, me transporte, me meta en ella y desee fervientemente ser uno de sus personajes, estar sentado en una mesa del Café de Rick, oler el humo del tabaco, escuchar el murmullo incesante de las conversaciones y disfrutar de la música de Sam con una copa de Whisky en la mano.

La película Casablanca, sus personajes, sus escenas en blanco y negro, sus frases, y su música, nunca pasaran y, todas juntas, la han convertido en una película eterna e imprescindible… a pesar de sus 80 años.

Yo la seguiré disfrutando y, no lo duden, seguiré descubriendo nuevas sensaciones que todavía, para mí, permanecen ocultas en sus escenas.

Presente, pasado y futuro

El día está lluvioso y triste.  Mal tiempo para unos y bueno para otros; nunca llueve a gusto de todos, dice el refrán. La verdad es que, a pesar de que la lluvia es un maná imprescindible para la vida, no todos la recibimos igual.   El concepto de buen o mal tiempo es una vez más, como casi todo en la vida, de una relatividad manifiesta.

Parece una tontería, pero en ese afán mío de meterme en las palabras y sin saber muy bien por qué, me puse a pensar en el significado de la palabra tiempo y pensé, quizá porque era un día lluvioso y frio, si tendría la misma raíz que la palabra temperatura, dada su íntima relación.

Pues no, no, la palabra tiempo y temperatura no parece que tengan una raíz común, aunque, en realidad, no parece que el que la tengan o no tenga mucha importancia para nadie.

En la RAE, máxima autoridad en las cosas propias de nuestro idioma, se sitúa el origen etimológico en la palabra latina temperatūra, mientras otras fuentes consultadas sitúan su origen etimológico en el verbo temperare, cuyo significado, templar o modelar, poco tiene que ver con el que, de la palabra temperatura, nos dice la Rae: Magnitud física que expresa el grado de frío o calor de los cuerpos o del ambiente.

La palabra tiempo tiene un origen etimológico más claro y nada discutido, tempus es su origen, y su significado en latín coincide plenamente con el actual.

Pero la curiosidad me pudo y no quise quedarme aquí, no, quise bucear un poquito más en el significado que la palabra tiempo tiene para la Rae: Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo.

A partir de esta definición, me quedé pensativo y no entendí como se pueden ordenar las secuencias de los sucesos del futuro. Es un contrasentido, no puedo ordenar secuencialmente hechos que no han acaecido… o quizá sí, quizá sí que pueda si yo lo que hago es imaginar hechos que creo que un futuro se puede llegar a producir, es decir, imagino algo que puede acontecer o no, y el orden en que, si ocurrieran, sería previsible que se fueran produciendo. El futuro es, pues, un simple fruto de nuestra imaginación, de nuestro sentido de la anticipación, de nuestras previsiones, de nuestro afán de tener todo controlado y evitar sorpresas innecesarias. Es curioso, pero el otro día leí que una psiquiatra española, Marian Rojas Estapé, afirma que hay estudios que respaldan que el noventa por ciento de las cosas que nos preocupan nunca llegan a suceder. No sé si es así, pero estoy bastante de acuerdo si me remito a mi propia historia personal. Te pasas una buena parte de tu vida preocupado, e incluso ocupado, en planificar o prever acontecimientos o situaciones que nunca llegan a producirse.

La conclusión fácil sería decir que el futuro no existe, que se confunde con el presente en un bucle interminable. Sí, cuando empecé a escribir este artículo ya es el pasado, lo es desde la segunda letra que escribí, o mejor aún, desde el segundo segundo, que escribí, según la unidad de medida que establece la definición de la RAE. Ahora estoy escribiendo en lo que hace tan solo un segundo era el futuro … ¡que lio!

La cabeza da vueltas cuando uno se para a pensar en estas cosas. Si el presente es inmedible porque tal como acontece se convierte en pasado y el futuro es tan solo una posibilidad ¿qué nos queda? La respuesta es sencilla, lo único cierto, lo único real, lo único medible, lo único secuenciable, es lo que hemos vivido, es nuestra historia personal y la de todos, en definitiva, lo único medible es el pasado.

En el pasado está todo, absolutamente todo lo que hemos vivido, lo bueno y lo malo, todo, sin embargo, parece que tenemos un especial interés en huir de él. No hables del pasado, no seas antiguo, hay que olvidar el pasado, tenemos que mirar al futuro… ¿por qué? ¿cómo voy a mirar a un futuro que es, sencillamente, una ilusión, una quimera, un constructo más que nuestra sociedad de consumo nos ha diseñado para ser felices, nos guste o no? En realidad, solo se puede vivir la sucesión de segundos que representan el presente riguroso, sin tener la seguridad de si el segundo siguiente llegará o no y solo con la certeza absoluta de que cada segundo que pasa entra de lleno a formar parte del pasado. ¡Que complicado!

Me fui de nuevo a la RAE, fuente de sabiduría, y le pregunté por el significado de la palabra futuro. Las respuestas, como es lógico, son de una ambigüedad total:

1. Que está por venir y ha de suceder con el tiempo.

2.  Que todavía no es, pero va a ser. 

Digo que son respuestas ambiguas, pero lo digo aceptando que no pueden ser de otra manera. Que está por venir y ha de suceder con el tiempo es una definición perfecta aunque yo añadiría, la palabra “paso”, es decir: Que está por venir y ha de suceder con el “paso” del tiempo. Me siento bien corrigiendo a la RAE, debe de ser que mi vanidad se ha venido arriba.

La segunda definición parece, más bien, sacada de un texto filosófico de Parménides, pero al revés: El ser es, el no ser no es, decía Parménides.

Sin duda la afirmación de la segunda definición es, simplemente una declaración de intenciones, ya que nadie puede afirmar que lo que todavía no es vaya a ser algún día. En cualquier caso, eso solo lo podremos verificar cuando ya haya ocurrido y se haya convertido en pasado. De nuevo el pasado, ese pasado que conforma nuestra historia, nuestro archivo insonoro, invisible, pero real, que crece cada segundo y que, nos guste o no, ha dado y da sentido a nuestra vida.

En ese viaje que, de vez en cuando, me gusta recorrer por el significado de las palabras, hoy he tratado de entender, a través de estas líneas la palabra tiempo.  No sé si la he entendido o no, tampoco me importa mucho, pero sí me he dado cuenta, una vez más, de que lo único que el ser humano construye de manera inequívoca, sin distinción de razas, credos, lugares de nacimiento, títulos o coeficiente de inteligencia, es, sencillamente el pasado, su pasado, que, juntos, conforman el pasado y la historia de todos.

Eso de construir futuro es sencillamente una frase, una frase cuyo significado, para mí, carece de interés, pero que entiendo perfectamente que, a otros u otras, como se dice ahora, les parezca apasionante. Yo prefiero vivir cada segundo de mi presente y ampliar, segundo a segundo, el archivo de mi pasado. Me parece más divertido y, sobre todo, más real.